Detrás de cada cámara hay una mirada; detrás de cada guion, una trinchera contra el olvido. Cuando encendemos los equipos en una locación del interior profundo de nuestra patria, no estamos simplemente haciendo un despliegue técnico o buscando una composición fotográfica estéticamente impecable. Lo que estamos haciendo, en realidad, es disputarle un pedazo de terreno al silencio.
Desde que inicié mi recorrido en la comunicación allá por 1984, entendí que el periodismo y la realización audiovisual adquieren su verdadero sentido cuando se transforman en un puente. Un puente que une las vivencias de nuestro pueblo con un lenguaje visual de impacto universal. Pero construir ese puente requiere una condición innegable: hay que estar en el territorio. Hay que habitar el llano.
El valor del documento vivo
El cine documental contemporáneo se enfrenta a un desafío enorme. Vivimos en una era saturada de inmediatez, donde los grandes centros urbanos dictan qué historias merecen ser contadas y cuáles deben quedar al margen de la pantalla. Contra esa corriente, el rescate de la memoria colectiva se vuelve una urgencia social.
Filmar un documental no es un mero ejercicio de captura nostálgica. Es dotar a una comunidad de un documento vivo, un archivo inalterable que resguarde sus luchas, su cultura y su identidad. Cuando las cámaras registran el testimonio de un testigo histórico, el brillo en los ojos de un artesano en su pueblo o la resistencia cotidiana de un movimiento cultural, estamos blindando esa verdad para las generaciones que vendrán. Estamos asegurándonos de que, cuando miren hacia atrás, encuentren huellas firmes y no relatos descoloridos por el paso del tiempo.
La experiencia en el territorio: Una convicción federal
El federalismo no es un concepto abstracto que se escribe desde un escritorio en Buenos Aires. El federalismo se construye viajando, escuchando y, sobre todo, respetando los tiempos y los silencios de cada latitud. Mi propia historia me conecta de forma inevitable con este arraigo: nacido en la querida ciudad de Rosario, con mis primeros pasos radiales en LT8, y luego transitando el sur del país leyendo cables en LU5 Radio Neuquén durante tiempos complejos. Esas distancias me marcaron a fuego.
Recientemente, con el rodaje y estreno de mi largometraje documental Poesía Abierta, esa premisa federal se materializó de punta a punta del mapa. No elegimos el camino cómodo. Filmamos en Salta, en Córdoba, en Rosario, en Santiago del Estero, en Comodoro Rivadavia y en los rincones mágicos de San Luis, como La Carolina. ¿Por qué recorrer miles de kilómetros para una sola película? Porque la historia misma del ciclo «Poesía Abierta» —aquella gesta de rebeldía y libertad nacida en plena dictadura militar— poseía una raíz profundamente federal que merecía ser reflejada con la misma inmensidad de nuestro suelo. Cada provincia aportó una textura humana diferente, una luz particular y una voz que exigía ser incorporada al coro de nuestra memoria nacional.
Registrar para resistir
Cuando apagamos las luces de la sala y proyectamos una obra en el espacio INCAA, en las universidades o en los cines del interior, se produce un fenómeno mágico: el público se reconoce en la pantalla. Descubre que sus realidades no son hechos aislados, sino fragmentos de una misma identidad colectiva en resistencia.
Filmar la historia argentina y sus identidades regionales es nuestro aporte cultural para que los relatos olvidados no mueran en el estreno de una única noche. Las películas e investigaciones documentales deben moverse, recorrer los pueblos, interpelar las aulas y dialogar con el futuro. Mientras quede una historia latente en algún rincón de nuestro suelo, habrá una lente dispuesta a capturarla, un guion listo para protegerla y una voz firmemente convencida de que recordar siempre será nuestra mejor manera de resistir.