Todo proyecto audiovisual —ya sea una gran producción cinematográfica, una serie de suspenso pensada para el streaming global o un documental de arraigo federal— comienza exactamente en el mismo lugar: una hoja en blanco y una mente dispuesta a habitarla. Sin embargo, en el ecosistema actual de la comunicación, parecería que el fulgor de la tecnología, el despliegue de las cámaras de última generación y los imponentes presupuestos de marketing pretenden eclipsar la verdad más elemental de nuestra industria: sin autor no hay obra; sin guion, no hay historia que contar.
A lo largo de mi trayectoria en los medios y la realización audiovisual, que transito con orgullo y de forma ininterrumpida desde 1984, he visto transformarse los soportes, los formatos y los modos de consumo. Pasamos del celuloide al video, de los cables de noticias en las redacciones radiales a la inmediatez digital. Pero a pesar de la vertiginosa evolución de las pantallas, la propiedad intelectual y el derecho de autor siguen siendo la última línea de defensa para los creadores. Defender la palabra no es un mero eslogan; es una urgencia gremial e institucional.
El valor del guion original: El cimiento invisible
A menudo se piensa en el «picheo» técnico o en la postproducción como los factores determinantes para el éxito de un proyecto en los mercados internacionales. Es un error de perspectiva. Una estructura narrativa sólida, un arco de personajes coherente y una idea original con identidad son el verdadero corazón de cualquier producción. La técnica puede perfeccionarse y los presupuestos pueden ajustarse, pero si el cimiento conceptual es débil, la obra se desmorona ante los ojos de una audiencia cada vez más exigente.
El trabajo del guionista y del creador de contenido exige una rigurosidad absoluta. Por eso, la consultoría de guion se ha vuelto una herramienta indispensable en el mercado actual. Desmitificar el proceso creativo, ajustar las tuercas de la trama y pulir el mensaje no solo eleva la calidad artística, sino que blinda comercialmente el proyecto antes de presentarlo a los decisores de la industria.
La trinchera gremial frente a los gigantes globales
El avance de las plataformas globales de streaming ha reconfigurado las reglas del juego. Si bien estas ventanas abren oportunidades inéditas para que nuestras historias locales viajen por todo el planeta, también plantean desafíos complejos en materia de legislación y equidad. En este escenario, la acción colectiva y el rol institucional se vuelven fundamentales.
Desde mi compromiso diario como Secretario Gremial del SADA (Sindicato Argentino de Autores) y a través del trabajo colaborativo en el Consejo Profesional de Televisión de Argentores, sostengo una convicción inalterable: la propiedad intelectual es un derecho humano. Los autores no podemos ser meros prestadores de servicios de corporaciones globales; somos los creadores de la riqueza cultural de las naciones. Defender el derecho de autor frente a los nuevos modelos de negocio significa garantizar el sustento de los trabajadores de la palabra, asegurar el cobro justo por la circulación de nuestras obras en cualquier parte del mundo y resguardar nuestra soberanía audiovisual.
Guía de supervivencia para autores emergentes
Para las nuevas generaciones de guionistas, realizadores y creadores que intentan abrirse camino en esta jungla de pantallas, existen ciertas pautas de supervivencia que considero elementales compartir:
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El valor del registro preventivo: Nunca presenten un proyecto, un logline desarrollado o una biblia de serie sin haber realizado previamente el depósito legal correspondiente. Proteger la propiedad intelectual es el primer acto de respeto hacia el propio trabajo.
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La solidez del contrato: Frente a la tentación de la primera oportunidad, lean siempre la letra chica. Los derechos patrimoniales y morales de la obra deben ser defendidos con la misma pasión con la que se escribe el guion.
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El refugio en el colectivo: La industria puede ser un espacio solitario e intimidante. Acercarse a los sindicatos y sociedades de gestión no es un trámite administrativo; es integrarse a una red institucional dispuesta a respaldar tus derechos cuando el contexto se vuelva adverso.
El futuro del sector audiovisual argentino y latinoamericano depende directamente de nuestra capacidad para proteger a quienes piensan y escriben nuestras historias. Mientras sigan existiendo creadores dispuestos a defender su voz original, habrá una estructura gremial e institucional lista para dar la batalla en cada rincón del mapa.